Arte urbano / Graffitis / Stencils / Fotografía / Cuentos cortos / Pensamientos / Desvariaciones / Veleidades
domingo, 31 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
El Abominable Hombre de la Lengua
El día iba perdiendo su color, apagándose lentamente. Una incipiente brisa movía las ramas de los sauces que rodeaban la casona. El cielo iba tornándose cada vez más oscuro: sólo brillaban intermitentemente a la distancia unos rayos que presagiaban la tormenta. De repente, sentí unos pasos que rompieron el silencio. Miré con cuidado por la persiana, pero sin fortuna. Una neblina espesa complicaba la búsqueda, apenas pude distinguir el portón de la entrada. Todo era difuso. Mi respiración era irregular. Empecé a notar que el temor se apoderaba de mí: sentí, inequívocamente, la cercanía de lo inevitable. Giré abruptamente la cabeza y lo vi en el pasillo, yendo con rapidez hacia el comedor. Una lengua de serpiente brotaba de su boca. Su cabeza era calva; su piel, naranja; sus ojos, desorbitados. Quedamos enfrentados. No podía dejar de mirar su abominable figura.Según las crónicas, el esperpento murió producto de siete puñaladas. Yo, a veinte años de ocurrido, todavía no recuerdo ese momento.
domingo, 17 de octubre de 2010
lunes, 4 de octubre de 2010
domingo, 3 de octubre de 2010
Suipacha Wars
Ordenando mi casa encontré unos flyers que oportunamente diseñó Fede Stoltzing, una de las mentes más creativas al servicio de ese lugar mágico llamado Suipacha (370 7a)... A más de 5 años de tu desaparición y venta, sigo agradeciendo a la tía Silvia por semejante herencia que me dejó... En breve sigo subiendo más ;)
domingo, 26 de septiembre de 2010
miércoles, 8 de septiembre de 2010
La Cena al Desnudo
Era verano y hacía calor. Me emprolijé el bigote a las apuradas con la navaja para no fallar a la cita que tan apasionadamente habíamos convenido. Tomé el sombrero infalible en cada encuentro con el sexo opuesto: era una suerte de talismán que sellaba mis designios. Corriendo monté mi yegua directo a la pulpería donde ella me esperaba. Ramona era su nombre y mucha era su gracia. A poco de llegar, galope mediante, un murmullo rompió el silencio de una noche casi taciturna. Y cuando entré al recinto mis sospechas se disiparon: Ramona, sentada en la mesa de siempre, pero esta vez sin corpiño. De pronto mi mano derecha descorchaba un tinto y llenaba su copa. Un brindis violáceo completaba la escena. Los ojos de todos se posaron con envidia sobre nosotros.
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